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Concurso Terminemos el Cuento
(2017-06-07)
Convocatoria

La Unión Latina, Organización internacional ha creado el Concurso Terminemos el Cuento el año 1991 con la intención de fortalecer y fomentar la creatividad literaria en jóvenes de países latinos.

En la actualidad, la Fundación Visión Cultural retoma esta iniciativa a nivel de Bolivia acorde a los lineamientos de Unión Latina, instancia con la que acordaron hace algunos años la realización de esta actividad de manera conjunta. En esta oportunidad se cuenta con el apoyo de la Fundación VIVA.

En este sentido, se convoca a la edición 2017 del concurso literario para jóvenes, “TERMINEMOS EL CUENTO”.

Terminemos el Cuento es un Concurso en que el participante deberá concluir con el desenlace de un cuento.  La tarea del participante consistirá en concluir el cuento “Tio Lucas” del escritor boliviano Manuel Vargas, finalizándolo de forma diferente a la que hizo el autor. 

Bases

I. Podrán participar en el concurso todos los jóvenes comprendidos entre los 15 a 19 años.

II. Aquellos que deseen participar en el concurso deberán redactar el desenlace final del textoadjunto a estas bases.

La continuación del episodio deberá redactarse en idioma castellano, ser original e inédito, estar escrito por una sola persona, con una extensión de 2 páginas, tamaño carta, a doble espacio por una sola cara.
Deberán enviarse 1 original junto al relato que se finaliza, que deberá ser firmado, e indicará el nombre, apellidos, fecha de nacimiento, dirección, teléfono de contacto y correo electrónico del participante. Es importante adjuntar una fotocopia del documento de identidad.

III. Los originales deberán enviarse a Visión Cultural, Edif. San Pablo, Piso 4 - 406, El Prado 1479.  Tel/fax 211- 7609. La Paz - Bolivia. También se recibirán en el correo electrónico: cultura@visioncultural.org, El plazo de admisión de originales se cerrará el día 30 de septiembre de 2017.

Visión Cultural no se hace responsable de las posibles pérdidas o deterioro de los originales, ni de los retrasos o cualquier otra circunstancia imputable a los servicios de correos o a terceros que pueda afectar a los envíos de las obras participantes en el concurso.

Una vez hecho público el fallo, los originales no premiados serán destruidos sin que quepa reclamación alguna en este sentido. No se mantendrá correspondencia con los remitentes.

IV. El Jurado estará compuesto por un mínimo de 3 y un máximo de 5 miembros. La composición del Jurado no será pública hasta el mismo día de la premiación.

V. El premio se otorgará a aquella obra de las presentadas que por unanimidad o, en su defecto, por mayoría de votos del jurado, se considere merecedora de ello, pudiendo quedar desierto el Concurso, si a juicio del jurado ninguna obra merece ser premiada.

VI. El fallo del jurado será inapelable y se hará público en un acto público, reservándose la Fundación Visión Cultural el derecho de fijar la fecha exacta.

VII. Se entregará un primer premio 3.000 Bs, un segundo premio de 2.000 Bs. y diplomas a las menciones de honor.

VIII. El autor del relato ganador, representado por sus padres o tutores si fuera menor de edad, cede a la Fundación Visión Cultural el derecho exclusivo de reproducción y distribución, comunicación pública y traducción de su relato, en todas las modalidades de edición.

IX. El autor del relato ganador se obliga a suscribir el oportuno contrato de edición según los términos expuestos en estas bases y en la legislación de la Propiedad Intelectual, y cuantos contratos y documentos sean necesarios para la protección de los derechos cedidos.

X. El ganador autoriza expresamente a la entidad convocante a utilizar con fines publicitarios su nombre e imagen en los actos de presentación y material promocional que ésta considere apropiados igual para la mejor difusión de la obra.

XI. La participación en este concurso implica de forma automática la plena y total aceptación, sin reservas, de las presentes bases y el compromiso de no retirar la obra una vez presentada al mismo.

Tío Lucas

Golpearon la puerta.
–¿Quién será a estas horas, Aniceta? Ya deben ser las doce de la noche.
–Seguro es uno de tus amigotes, y yo que ya estaba por dormirme. Pero claro, para la diversión toda hora es buena, no para encontrar una buena veta de mineral y traer lo que necesitan tus hijos. Si no estás con tus amigos, te la pasas sentado mascando coca, mientras nosotros…
–Pero cálmate, mujer, ¿de dónde sacas que son mis amigos y no sé qué otras historias? Por todo y por nada comienzas con tu cantaleta; ¿qué culpa tenemos si somos pobres, y además con mala suerte?; ya te he dicho que…
Volvieron a golpear la puerta, esta vez con más fuerza. El marido se levantó de un salto temiendo que con la bulla se despertaran sus dos hijos que dormían en la pieza del lado, separada apenas por una cortina de gangocho. Antes de abrir preguntó:
–¿A quién busca?, ya estamos acostados…
–Abre, pues, Andrés, te conviene –se escuchó una voz extraña tras la puerta–. Soy el Tío Lucas y estoy de buen humor.
¿El Tío Lucas? Yo no conozco a ningún Tío Lucas, se dijo Andrés. Mientras tanto su mujer ya había encendido el mechero y dijo:
–Abrí, pues; debe ser una visita importante. ¿No será el Tío siempre, el Tío de la mina?
Con el apuro de destrancar la puerta ni siquiera tuvo tiempo para que se le paren los cabellos, sólo notó que, al abrirla, sus manos le temblaban. El mechero iluminó el rostro colorado de un hombre alto, una chalina gruesa le envolvía el cuello, un casco de minero cubría a medias sus espesos cabellos y su boca despedía vapor debido al frío de afuera.
–Pase, señor, ¿me buscaba a mí?, ¿quién es usted?
–Ya lo ha dicho tu mujer pues, Andrés. ¿Y acaso no me ves?, soy el dueño de todas las riquezas de las minas –respondió el hombre entrando y sentándose en la única silla que había apoyada en la pared, frente a la cama–. ¿Acaso no me estaban llamando?
–No, no te hemos llamado, Tío –le temblaba la voz a Andrés–. Pero qué bien que se hayas venido precisamente cuando…
–Sí, te hemos llamado –le cortó la mujer, sentada en la cama–. Con nuestras peleas y quejas de que somos pobres, te hemos llamado, Tío Lucas.
El visitante lanzó una carcajada haciendo temblar y rechinar la enclenque silla de madera. Sus dientes de oro brillaron a la luz del mechero y recién se le pararon los cabellos a Andrés.
–No se ría tan fuerte pues, Tío –le pidió Andrés, mirando la cortina de gangocho¾, se pueden despertar nuestros hijos que descansan aquí al lado.
-Bueno –dijo el de cara roja sin hacer caso a las delicadezas del minero–; podemos hacer un buen trato, y ustedes saben que, en un trato, cada uno da y recibe algo. Yo les ofrezco una rica veta para que dejen de ser pobres, la explotarán durante diez años, y entonces… A ver, Andrés, ¿qué me darías entonces?

Los esposos se miraron sin saber qué decir. Claro, sabían que a cambio, luego del respectivo plazo, él debía entregar su alma al Tío. Diez años, pensaban ambos esposos, diez años de felicidad y de goces, ¿acaso no valían la pena? Viajes, banquetes, fiestas… Otra vez fue la mujer quien habló:
–Ya pues, Tío, te aceptamos, pero nosotros vamos a pensar cómo pagarte. Mañana en la noche ven y hacemos el convenio.
–Muy bien –dijo el tío Lucas, levantándose satisfecho–. Hasta mañana, amigos –y salió saltando de alegría por la puerta que se abrió y se cerró de un golpe.
Andrés no sabía si alegrarse o reñir a su mujer por lo que le dijo al Tío. Se volvió a acostar, temblaba, cansado y sin poder pensar en nada. Apagó el mechero.
–¿Qué vamos a hacer ahora? –preguntaba a la oscuridad del techo.
–No te preocupes tanto, Andrés –lo tranquilizó su mujer–, mañana vamos a estar pensando, tenemos tiempo.
El cansancio y el sueño pesaban más que la preocupación y cayeron dormidos.
Al otro día, mientras los dos niños jugaban en el patio y en los alrededores de la vivienda, que se encontraba en una de las orillas del pueblo, los esposos se la pasaron ideando planes sobre cómo hacer un buen trato con el Tío.
–Ay, mujer, qué haremos –decía Andrés–, la cuestión es que tenemos que …
–¡Ya está! –dijo de pronto la esposa–. El día fijado, cuando se cumpla el plazo, yo… –y le explicó al oído el plan que se le acababa de ocurrir.
Quedaron alegres y conformes, y durante el resto del día hablaron de lo que harían cuando sean ricos a partir de la veta de buen mineral que les iba a entregar el Tío Lucas. Los corderos que matarían, los tragos de colores, las diversiones, sus nuevas amistades y las noches y amaneceres de eróticas revolcaderas. Pero no te olvides, cada martes y viernes, mientras mascamos nuestra coquita, debemos invitar cigarros y alcohol puro al Tío…
Llegó la noche y con toda puntualidad el gigante de cara roja se hizo presente.
–Ya lo hemos pensado, Tío –se adelantó Andrés a las preguntas del visitante.
–Qué bien, qué bien, ¡habla!
El minero tosió, se aclaró la garganta, acomodó un poquito su pijcho de coca en el carrillo y dijo:
–Tú que todo lo sabes y lo puedes, nos aceptarás pues nuestra propuesta. De aquí a diez años, irás a reclamar tu paga a nuestra nueva casa que compraremos. Yo estaré parado en la sala junto a un animal, si logras adivinar qué animal es, me entrego a ti en alma y cuerpo, pero si no, yo quedo libre de todo compromiso contigo.
El hombre alto sonrió pensando: ¿qué animal puede haber que yo no conozca?
–Muy bien –dijo–. De acuerdo, estimados socios.
Sellaron el trato y el Tío se fue frotándose las manos de contento.
Pasaron los esposos los diez años de felicidad y abundancia y llegó la fecha en que se presentaría de nuevo en su casa el Tío Lucas. Pero ya era otra casa la que habitaban, a media cuadra de la plaza, amplia y elegante, con patio, flores y altas murallas, con cuartos y ventanas revestidos de finos materiales. Las despensas siempre permanecían llenas, la sala tenía muebles finos y muchos artefactos que hacían su vida muelle, los dormitorios con camas blandas, lámparas, cortinas…
Esa noche, horas antes de la fijada para la importante visita, Aniceta, más rolliza que antes, entró al dormitorio, seguida de su esposo que cargaba una gran bolsa con plumas de toda clase de aves que habían venido juntando durante meses y años. Prepararon los materiales necesarios y entonces la mujer, de músculos firmes y suave piel, se desnudó por completo. El minero, ayudado de una brocha, procedió a untarla toda con alquitrán y luego fue pegando minuciosamente las plumas en la cintura, en las caderas, en los pechos, en los brazos, en el rostro y aún en los cabellos, sin dejar vacío un solo punto del cuerpo.
Y llegó la hora. Bajaron a la sala, prepararon los tragos, dispusieron las luces, pasaron un cepillo a los sillones, y a las doce en punto de la noche se oyó el ding-dong del timbre. Don Andrés abrió e indicó al visitante el sillón más amplio de la sala para que tome asiento, mientras miraba de reojo la esquina menos iluminada de la sala.
–Tome asiento, hágame el favor.
–No, amigo, estoy con cierto apuro.
–Pero por lo menos un momento, ¿no se va a servir un buen singani de Camargo? Se lo hemos preparado…
–No, gracias.
Y de la penumbra de la sala a media luz surgió, caminando a cuatro patas, un extraño bicho emplumado.
–¿Qué es esto? –dio un salto de sorpresa el visitante.
–Usted lo dirá –repuso el minero Andrés.

 

A TERMINAR EL CUENTO. . . . . .

 

 

 

Informes:
FUNDACIÓN VISIÓN CULTURAL
Ed. San Pablo, Piso 4-406. El Prado 1479
Tel. Fax. ( 591- 2 ) 2117609
E-mail: cultura@visioncultural.org,
contacto@visioncultural.org
www.visioncultural.org
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